Un perro en una bolsa de consorcio, negra

-El perfume,
la baranda, no saben lo que era; parecía que todos se habían vestido y perfumado para ir a la Biela o al Colón. Estaba con Laura, y Laura se pasó todo el tiempo con los walkman, ni los quería escuchar a los giles esos…
Vlad se deja llevar por lo que está contando, gesticula, tiene la cara colorada de reirse. Está sentado en el Campito, con Gabriel, Hugo y un amigo de Gabriel, Mingo. El porro ya se terminó, pero no se deciden a levantarse e irse. El sol se va sobre los monoblocks, todo el cielo está rojo y gris. Pasa un viejo con gorra y bigote en bicicleta.
– Yo también estuve una vez en una de esas reuniones de venta piramidal… ¡era muy enfermo! Yo soy Rosa María Gabrieleeeetti… cuarenta años…. empresaaaaria! El verso eran unos detergentes… reconcentrados, ecológicos, no sé. El folleto me acuerdo que era una foto de alguien limpiando un pingüino con el detergente… una foto como podemos hacer cualquiera, podía ser un pingüino embalsamado o cualquier cosa, era un detergente común, pero había que CREER en él.
– Es como una religión, cada persona tiene que ir enganchando a otras y en teoría el sistema es inagotable, entendés, siempre va a seguir creciendo mientras todos los que están ahí TENGAN FE.
-Hoy fui a cobrar los tickets -se acuerda Gabriel-, y eran un montón de oficinas, había un flaco en un escritorio que te indicaba donde tenías que ir, y parecía un cerebro lavado de la secta de Jones… de Moon. Le digo “gracias” y me dice “¡No! – gracias a vos, y que tengas un buen día”, así meloso. Me quedé medio extrañado, voy caminando y me acuerdo que tenía que pedir calcos. Vuelvo y pido calcos, el flaco me manda a una oficina. Me dan, y cuando vuelvo a pasar, le digo “gracias” “¡No! – gracias a vos y que tengas un buen día”, otra vez. Que mal que tiene que estar. No soporto esas respuestas prefabricadas, berretas. Lo mismo que los bares. Veces ando por el centro, y con billete, pero no encuentro un lugar donde pedirme una coca o una ginebra. Se acabaron, esos lugares ya no existen. Los bares son unas mierdas en serie, todos iguales, ninguno vale que te gastes tu filo en él. Antes, vos ves en muchas películas de los años ’70 lo que era la Boca, los bares y cantinas, el carnaval con unos corsos que te dejaban enterrado en papel picado, los cabarutes quedaban abiertos hasta retarde y se bailaba…
– Pero eso era antes, los burdeles -A Vlad siempre le interesó la historia de su barrio, nació en Catalinas Sur-, los patios con gente bailando y chupando y los cuartos para ir con las minas es de principios de siglo, quizás hasta los ’50, no más.
– Igual no me gusta el cine argentino… he visto pocas pasables.
– Lo mejor del cine argentino es Skippy, una serie australiana con un canguro que…
– Lo mejor del cine argentino son las tetas de la Coca en esas películas en que siempre había un baboso que la espiaba desde los matorrales o atrás de algún mueble, y su cara se iba degenerando, sudaba a mares y al final tornaba loco y la violaba.
– ¿Se acuerdan de Marciano?
– ¿El chochán ese que vende merca muy cortada en Iberlucea?
– Bueno, todo empezó porque el perro de Marciano lo mordió a Pablito. Un perro malo, enorme. Un doberman, lo había hecho entrenar en una de esas academias caninas para los perros de los ricos en San Isidro y todo.
– Si, me acuerdo de ese perro hijo de puta – interrumpe Mingo.
Además de Flash, su perro, el gran orgullo de Marciano era una moto grande que tenía. Con ella hacía changas, mensajería. También vendía cocaína, “solo a los amigos”, como le gustaba repetir. La cortaba más o menos según el grado de amistad. Probablemente fuera por esta última actividad que se ponía nervioso cuando los jóvenes del barrio se instalaban en su puerta a fumar y tomar birra.
– Decía ‘es bardo’, y que se yo, tenía razón, la yuta podía hacerse cargo. Bueno, era una tarde y ya hacía un rato largo que los muchachos estaban ahí en la puerta fumando ticson. Parece que ya estaban medio de la nuca, y cantaban a los gritos, Dale Bo, Dale Bo, que se yo.
– Siempre la misma gilada, a esa gente viste a uno y viste a todos, reflexiona Vlad.
– Si, ustedes los conocen, son un bardo los pibes esos.
– No sé que pasó con la madre de Marciano, que vivía con él – creo que salió o entró y le dijeron algo, la escupieron, no sé, no importa. El asunto es que Marciano salió a la vereda sacado mal.
– ¿Y?
– Bueno, los reputeó y les dijo que no los quería ver más en la puerta de su casa. La mayoría se levantó así cagándose de risa, para irse, no era la primera vez. Alguno le dijo algo como gastándolo, como ‘cerdo’ o ‘bola’ o algo así. Marciano estaba reduro esa tarde y… fue un estúpido. Si ya se estaban yendo, ¿para qué?, pero el que había hablado cobró un piñazo, que lo tiró al piso. Era Pablito. Se levantó y le dijo ‘gordo zarpado y mercón, la concha de tu madre’. A todo esto había salido Flash, y Marciano lo tenía de la correa.
– Es un peligro el perro ese.
– Era. Pero pará que sigo. El gordo manda ‘ya fue, tómenselas’, pero Pablito se retobó, y Marciano le largó al perro, ‘attack Flash’, mandó, y Pablito pudo poner el antebrazo porque si no le morfa el cuello. Como un minuto el perro lo estuvo mordiendo a Pablito en el suelo, hasta el hueso lo mordió, hasta que Marciano lo agarró de nuevo y se metió en la casa.
– Que gordo zarpado.
– Y el perro ese te digo que era bastante feroz, bastante mal le dejó el brazo a Pablito. El tipo no dijo nada, ni saludó a los amigos, y se fue para su departamento de Catalinas.
– Y, que iba a hacer…
– Pará que no termina ahí…
– Ah, ya me parecía que tenía que haber más mierda.
– A los veinte minutos se aparece de vuelta Pablito, solo, con un bufoso que nadie sabe de donde sacó. Empezó a tocar el timbre. Ni se había limpiado el brazo, tenía la ropa rota y con sangre. Salió Marciano con el rope, agarrándolo por el collar. Pablito parece que ni dijo nada, sacó el fierro y le pegó tres tiros al doberman, de una. Le dijo a Marciano ‘ahora metete el perro en el orto’, y se iba a ir, pero el dogor se le tiró encima. Cuando Pablito vió la mole que se le abalanzaba, no sé, supongo que se habrá asustado, y gatilló de nuevo. Lo paró en seco a Marciano, y cuando el gordo se cayó, se dió el marote contra el cordón de la vereda y se le abrió al medio como un melón. Dejó los sesos tirados por toda la calle, ja.
– Se mató Marciano.
– Si, bah, lo hicieron boleta. Pablito lo boleteó. Salió en Crónica, todo. Lo agarraron al toque, no pudo caminar ni media cuadra que se le cruzó una patrulla.
– ¿Y qué pasó?
– No sé, los juicios son largos, pero seguro que le van a dar como veinte años. La madre de Marciano quedó como trastornada, dicen que cerró el cuarto del “nene” y no lo va a abrir nunca más.
– Esas son las cosas que no quiero escuchar. Me enlutan, me morfan la energía…
– Con toda la merca que tendría el gordo ahí encanutada…
– ¿Se pudrirá la merca?
– No se pudre, pero se pone amarillenta y rocosa…
– ¿Y con el perro que hicieron?
– Lo habrán tirado a la basura. Mirá que preguntás boludeces, Mingo..
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