Anticuchos y Paceñas

El tipo este había llegado unos meses antes a la ciudad en los Andes, la gran ciudad con rascacielos y con cholas vendiendo productos argentinos y chilenos en las veredas, con ese aire fino y helado que impedía respirar, con la belleza del Illimani nevado presidiendo cada día -algunos brillantes, algunos miserables- y las cosas no le habían salido del todo bien. Del todo bien, en el sentido de que la mujer que lo había invitado a seguirla había descubierto que después de todo tal vez él no era la mejor opción para sus necesidades.

En esos meses, el tipo, vamos a llamarlo Coco, había, tras un intento bastante ridículo por ser el hombre que existía solo en la imaginación de la mujer, dejado de intentar complacerla, para ponerse a pensar en volver a ser él mismo. Así, se había largado de la casa que compartían en Miraflores, y había dejado de fingir interés en el posmodernismo europeo que a ella le fascinaba para releer, obsesivamente, las oscuridades de Onetti y de Burroughs, de Arlt y de Bukowski, apurando botellas de singani y de ron, primero como huésped de un editor mexicano, y luego bajo varias frazadas, en un cuartucho a pocas cuadras del periódico donde trabajaba bajo las órdenes de un argentino demasiado creído de sí mismo, que nunca hubiera conseguido desempeñarse con mínima prestancia en las situaciones a las que Coco se hacía cada vez más aficionado: expediciones al Alto en busca de cocaína, borracheras épicas en compañía de intelectuales arrogantes y desesperados capaces de citar párrafos de Nietzsche o Spengler de memoria, o de músicos de rock peleadores y caóticos.

Por aquello de hacer algo, aunque hubiera preferido quedarse en su cama todas las noches, dándole al singani hasta la negrura, es que se había hecho bastante aficionado a los recitales de la banda, que le daban un pretexto para ponerse una camisa limpia, saludar a gente a la que no conocía en realidad, y compartir líneas blancas y su viejo acento con los músicos. No había razones, en verdad, para seguir en la ciudad de los Andes, y las noches de ruido le permitían posponer la decisión, que sabía inevitable, de decidir adonde iría ahora.

Fue en uno de esos tugurios oscuros y llenos de humo, mientras la banda castigaba a los instrumentos, que la mujer alta y guapa, a la que conocía vagamente de algún lado, se acercó a hablarle. Imposible determinar de que hablaron, porque Coco solo podía concentrarse en sus bellas y largas piernas, y en su trasero perfecto, envuelto en una falda de lana gris. El volumen de la música era tremendo, y era verdaderamente difícil entender lo que Silvina estaba diciendo; tal vez dándose cuenta de eso, ella acercó su boca a la oreja de Coco.

Su aliento húmedo y caliente en la oreja le resultó más embriagador que cualquier trago, y en ese momento supo que si ella estaba de acuerdo, esa noche dormirían juntos. La banda seguía aporreando las guitarras cuando ellos se escabullieron del lugar. El taxi los dejó en la puerta de un mercado oculto y extraño, bajo un tinglado de chapas, donde mujeres de polleras cocinaban sobre braseros humeantes, y los hombres bebiendo cerveza le dirigían miradas duras a Coco, que las devolvía mientras acariciaba el culo de Silvina y caminaba con ella hacia un extremo del galpón.

– Ni se te ocurra abrir la boca aquí, gaucho, que nos comen crudos.

– No te preocupes, guapa.

– Mira que te ves apuesto con esos ojos rojos y esa camisa rota.

– No tanto como vos con esas gambas que llevan derecho al infierno…

Se detuvieron frente a un mostrador hecho de tablas, y Silvina ordenó un par de Paceñas y unos anticuchos. Después de agregarle mucho ají, comieron la carne sangrante y la bajaron con largos tragos de cerveza. Apenas podían entenderse, con la cumbia sonando a un volumen brutal, y unos borrachos peleándose en el puesto de al lado. Sin decir nada, dejaron unos billetes sobre la mesa y se dirigieron a la puerta. Llamaron a otro taxi, de la fila que esperaba, y ella dió la dirección de un edificio en Sopocachi. Casi ni hablaron en el trayecto, demasiado ocupados en besarse, la lengua de él introduciéndose profundamente en su boca, mientras ella sentía su sabor a carne apenas cocinada, ají picante, tabaco y alcohol.

Una vez en su cama, se arrancaron la ropa casi sin respirar, y él hundió su cara entre sus piernas, saboreando su perfume, introduciendo su clítoris en la boca para chuparlo lentamente, refregándose contra su coño y sintiendo su pija a punto de explotar. Cuando no fue posible aguantar más, se montó sobre ella y comenzó a bombear, mientras Silvina suspiraba y gemía. Las manos de Coco recorrían su cuerpo, las tetas pequeñas y el vientre liso, tratando de retener su clímax. Pero cuando empezó a pellizcar los pezones duros y erectos, ya no fue posible controlarse, y los dos acabaron casi al mismo tiempo, mordiendo y rugiendo.

Más tarde, ella preparó algo para beber, y armaron un porro mientras la ciudad, afuera, volvía a la vida lentamente, en una mañana de domingo cualquiera, con reparto de periódicos, panaderías abriendo las puertas e iglesias sonando las campanas para misas tempraneras.

Cayeron otra vez en la cama, agotados, y Silvina se tendió boca abajo a su lado, acariciando su pecho y su vientre, llevando su mano hacia la pija, que volvía a la vida. “Que culo perfecto, que hermosa mujer”, pensó Coco, mientras ella, ritmicamente, acariciaba su miembro, antes de meterlo en su boca y hacerlo gemir de placer.

Casi llegando al mediodía, se despertaron, y ella preparó huevos y café. Un vecino escuchaba el partido del Strongest por la radio, y ellos hicieron bromas y se rieron fuerte, encendiendo cigarros y porros sobre las sobras del desayuno, buscando latas de cerveza en la heladera, planeando que hacer en la tarde paceña que comenzaba, una tarde que podría ser de cualquier otro lugar, Londres o Santiago, Delhi o Miami, porque en realidad no pensaban salir del departamento – las piernas, el culo y la espalda de ella necesitaban, Coco decidió, muchas horas de exploración todavía, y en cuanto a ella, deseaba mirarlo a los ojos otra vez, mientras él se sumergía entre sus piernas.

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