Milonga

Vlad y Laura están en la habitación que comparten. “Otra tarde más, y otra y otra hasta que en determinado momento, ninguna más”, piensa Vlad. Está lloviendo, y las gotas repiquetean en las chapas del techo. Es más que una habitación en realidad, porque tiene una como galería con plantas y una pileta para lavar ropa.

Laura, envuelta en una toalla, está sentada en una silla vieja y mira por la ventana. Empezó como una tormenta de verano, pero el cielo ya lleva varios días descargando agua como con desgana, con poca intensidad.

Desde la posición de Vlad se ven algunos de los tatuajes de Laura, un esqueletito bailando, Betty Boop, un sol. El pelo de Laura es ahora azul, pero nunca conserva el mismo color por mucho tiempo. Vlad se enamoró de ella hace años, y su primera impresión fue que Laura “es una chica Crumb”. Vlad es un gran lector de historietas.

– Che

– Ummm

– Hacé mate.

Laura se levanta y pone agua a calentar en la garrafa.

– Che

– Ummm

Laura lo mira con su gesto de estar interesada, levantando una ceja. Se ve bonita con ese gesto, piensa Vlad.

– Este Gabriel… no se que voy a hacer. Hoy llegó a las doce… no se entregó ningún pedido, y… no se. Siento que no tengo más energía para él, Laura. Lo conozco de hace un montón de años, pero voy a tener que hacer algo.

– Creo que ya escuché eso antes, dice Laura, realista.

– Está todo el tiempo pidiendo protección. Hay una familia que viene a comprar, son macanudos… una viuda y los hijos, y Gabriel me lo dice directamente, “daría mi vida por dormir una noche en esa casa”, “esta es la familia que yo tengo que tener”.

– Pobre. Pero ya tuvo su familia, y todo anduvo para el culo, y aparte  bien o mal, con familia o sin ella, hay que seguir viviendo y peleando, porque si no no valés nada. A mi me da la impresión que Gabriel necesita pretextos para no hacer nada, para ser un cero al as. Y en este caso es lo de su familia.

– Si, pero ya no aguanto más. Si uno se equivoca al HACER, pienso, no pasa nada, pero Gabriel no hace nada… nada, vos lo dijiste. ¿No se da cuenta que si nosotros no le damos una mano ofreciéndole laburar con nosotros se lo comen los piojos? Está bien, no puedo pagarle mucho, pero lo que le pago y la comida, ¿cómo es? ¿Le sirve o no le sirve?

– Mirá, creo que esta que se mandó ayer lo pinta de cuerpo entero: le pido que anote las ofertas del día en la pizarra, y me pide plata para comprar tizas de colores. Le digo que use de esas tizas blancas que tenemos, pero no, insiste con los colores. Bueno, le doy un par de mangos, se va media hora y vuelve con las tizas que quería. Se pasa otra hora ensayando garabatos, ya es casi la hora de abrir y todavía no hay nada escrito. Al final borra todo y me dice que no está inspirado. No se, ni que fuera un Picasso lo que tenía que hacer… tenía que anotar las comidas con los precios, nada más…

– Si.

– No sé, no puede. Cada vez puede menos. Se la pasa hablando de milonga, merca, parece que no tiene otro tema que la cocaína. Una cosa es que alguien te cuente una experiencia en un momento, pero lo de este pibe es abrasivo, si toma, si deja, si toma otra vez… desde hace unos días le pedí que por favor no me hable más del tema, que tome o no tome pero me deje tranquila.

– Aparte eso, él ahora está en la postura de “ahora que no tomo”, y en realidad se lo repite tanto que lo llega a creer, es patético… no le veo dirección.

– A lo mejor eso es mucho decir. Pero no está para trabajar con vos, Vlad. Será muy bueno, pero todo lo que vos intentás hacer, él lo deshace, remata Laura pasando el mate.

– No puedo manejarlo más. No soporto las intrusiones en mi vida de las veinte personas que lo llaman al negocio por día, los babasónicos esos, sus amigos mercones, ese otro que lo llama todos los días desde la cárcel… todos los días, claro, está sopre y se aburre. Y la abuela, que tiene una patología hiperactiva, invasora… ¿te conté que ya ni pregunta por él, sino que directamente me tiene diez minutos contándome cagadas que se mandó en algún momento, que le robó plata al abuelo para comprarse droga, que lo echaron de la casa por estar siempre borracho? ¿Sabés lo que es eso? Es insoportable, Laura.

Afuera sigue garuando, y todo el barrio está como pegajoso. Vlad aplasta un mosquito que le estaba picando la frente. Un camión puja y resopla en la subida del puente, y más de un vecino espera un golpe y un vuelco para cobrarse algo de lo que considera que se le debe. El monstruo se estabiliza con un esfuerzo, y ya está cruzando el Riachuelo rumbo a la Provincia. Marzo, húmedo, muy húmedo en Buenos Aires. Un dirigible publicitario cruza el espacio aéreo sobre Vlad y Laura y los demás, mostrando letras de luz entre la garúa.

– Es inevitable, los núcleos familiares se convierten en infiernos. Los casos digamos más benignos que conozco son las familias que se fueron separando a tiempo, disgregándose con el menor trauma posible. Porque en el momento en que los padres llegan a los 60 es como que se desploman, como que nada fue lo que ellos esperaban, y reclaman cosas que los hijos casi nunca pueden darles. Los viejos, con sus expectativas, sus demandas, se van convirtiendo en un estorbo, y el ambiente se enrarece con peleas. Creo que a veces la muerte tarda al pedo. Tipos como Gabriel, no se dan cuenta que no podés estar todavía buscando protección y una familia. Lo que decíamos antes, la tuya fue una infancia de mierda o pasable, pero ya terminó, no tiene sentido seguir en ella – hay que pensar en que HACER ahora, porque todo va demasiado rápido para quedarse analizando las muchas maneras en que te forrearon mientras te tomás el último pase y decidís como conseguir más. Estoy harto. Ya ví demasiado de eso.

– ¿Sabés en qué me hiciste pensar?

– ¿En qué, flaca?

– En los esquimales.

Laura siempre, desde pequeña, estuvo fascinada por los esquimales. Ha visto cuanto documental pudo encontrar, y leyó mucho sobre ellos. Su libro favorito es “el país de las sombras largas”.

– Entre los esquimales, al llegar a cierta edad, o cuando la situación de la familia lo demanda porque no hay caza ni pesca y están pasando hambre, los viejos se separan y se van a morir solos. La tribu sigue su camino, y como un gesto especial, a veces le deja al viejo que se sienta al costado del camino un fueguito prendido, para que se caliente mientras dura. No hay recriminaciones. Siempre fue así, y los viejos saben cuando llega su momento, nadie tiene que pedirles nada. Antes de separarse, todos se saludan frotándose las narices. La tribu sigue su camino, porque migran todo el tiempo, y los viejos se quedan sentados en la nieve, esperando congelarse cuando se acabe el fueguito, o que se los coman los lobos.

– Es una buena forma de irse.

– Si, es una buena forma de irse.

Gabriel tiene la costumbre de entrar en cualquier lado sin golpear ni anunciarse. Ahora ha saltado dentro de la habitación, con sus grandes ojos negros e intensos muy abiertos, yendo de la cara de Vlad a Laura; ella se acomoda la toalla, que se había corrido hasta su cintura, con un gesto de fastidio.

– ¿De qué hablaban?

– De los esquimales.

Gabriel se echa hacia atrás el pelo largo, mojado, y saca un cuadrado de papel metalizado del bolsillo.

– ¿Quieren milonga?

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