Una porno

Mi ex dice que es porque me estoy poniendo viejo o algo así. Que necesito cogerme a todas estas mujeres para hacerme sentir un hombre otra vez. No sé, quizás tenga razón. No me siento tan viejo. Un poco, sí. Ya estoy planeando mi cumpleaños número 40: mariachis, una fogata, asado, cajas de tequila. Veremos si llego. Yo creo que no hay todas esas razones metafísicas que ella ve. Simplemente nunca me cabió (esa expresión la pongo a propósito como guiño a mis épocas porteñas, me hace reír mucho) meterle los cuernos a una pareja estable, en este caso ella, la ex, mientras estamos juntos. Así que fueron muchos años de ‘la copa, se mira y no se toca’. Aunque ella bostezara en plena cogida. Ese fue el momento de quiebre. Siempre hay un momento que es un antes y un después, para mí fue ese. Aunque ahora me reciba en tetas cada vez que voy por allá, como si nada, buscando algo tal vez. Para mí, ya fue.

Así que como dicen en inglés, al menos en las novelas anticuadas de Somerset Maugham que me gustan, one last hurrah, I guess. Antes de la vejez. ¿Por qué no? De pronto descubro que hay un montón de mujeres insatisfechas, muchas de ellas casadas. Muchas de ellas rubias. No todas casadas, ni rubias.

El bombón era rubia, pero no casada, sería una idiotez estar casada a su edad, veintipocos. Igual se fue para South Carolina, así que ni modo, para que hablar de ella. Aunque no puedo dejar de mencionar que cuando la conocí, tenía una de esas blusas hippies, medio transparentes, sin corpiño. No fucking brassiere. Y que aceptó venirse conmigo al primer intento, aunque después se dedicó a histeriquear y decir ‘no’. Pero suficiente. No, no es suficiente. Que tetas: redondas, grandes, duras. Y como dije, sin ñocorpi. Ahí estaba yo, sudando y trabajando afuera, y ella que se inclinaba para pasarme el llomarti, regalando una visión de toda esa maravilla abajo de la camisa hindú. Ay ay ay. Se fue, se fue. A otra cosa, mariposa.

Mejor hablemos de la Negrita, que con 20 años más que yo, parece de 5 menos. No es joda, eso. Eso se llama un cuerpo perfecto. No sé si es que se pasa mucho tiempo arreglándose o qué. Igual, lo que sea que se arregla o no, al momento de la desnudez ya no vale. Y el momento de la desnudez es un buen momento para ella. Aunque más que desnuda, me gusta en pantaletas blancas. No sé, el contraste entre la chabomba blanca y la piel de ébano, esa forma pícara de presentarme la visión de su culo redondo y enmarcado en el triángulo blanco de la bombachita mientras me agarra la pija y se la mete en la boca entre comentarios lascivos y ojos en blanco… pure voodoo… ay ay ay, otra vez.

Por las americanas rubias, casadas, flacas y de tetas grandes, no pienso decir ay ay ay. Porque no me lo generan. Hasta me ha tocado el insulto de tetas hechas. Tetas de plástico. Mi amigo, el pelotudo con su convertible rojo, dice que le gusta eso, las tetas grandes, de película porno, plásticas. A mi no. Terminé ese polvo y no llamé más. Aunque era simpática y todo. No way José. Pero que cantidad de rubias con quejas de los maridos. ‘El otro día se acostó ahí y me dijo, vaciame las pelotas. El muy guarro’. Y bueno nena, vaciáselas, entonces. Es tu puto trabajo. Porque no tenés otro, verdad? Con vos, es un día la manicura, otro la peluquería, otro de compras de ropa, y así. El tipo será un cerdo, pero es lo que te cuesta el vestido nuevo y el almuerzo en el Aqua Grill, ahora a no quejarse. Me revientan, las quejas. De esto no le digo nada, por supuesto. ¿Qué le voy a decir? Si viene con dos botellas de Freixenet frías, y le encanta que le ate las manos y le rompa bien el orto. No voy a ser tan pelotudo de decirle lo que pienso en realidad de su problemática con el dorima…

Dejemos a las rubias y hablemos de la campeona. ¿Cómo llamarla? La mediática, la locutora, la periodista. La historia con ella es el sueño del pibe. Porque hace años, cuando ella presentaba el pronóstico del tiempo para Fox News o algo así, yo siempre me quedaba despierto para verla, para pensar, que curvas, nena, que pelo negro y hermoso, que tetas, que caderas abajo de ese trajecito ajustado. Y de pronto un día se aparece y empezamos a hablar, que estuvo unos años en San Francisco pero que vuelve, que tiene que ir a la corte para separarse del marido (otro marido, carajo), que esto, que lo otro, y yo solamente pensando, ‘cómo carajo te metiste en esas calzas, flaca?’ Porque tus caderas y tu culo no son esa versión aguada y americana a la que me acostumbré, son dinamita, son palabras mayores, son fuego sudamericano. Y de alguna forma te metiste en esas calzas negras de gimnasio y me viniste a hablar, y yo no escucho lo que decís, solamente miro esa gota de sudor formándose en el escote, atentamente espero el momento que resbale hacia abajo, porque prefiero mirar eso y no tu maquillaje (siempre usas maquillaje, siempre, y que el verano subtropical se vaya a hacer puñetas) derritiéndose bajo el sol del sur de la Florida mientras me hablás y me hablás metida en tus calzas negras… y no sos ninguna tonta, y todo lo que tenés es tuyo, nadie te metió mano para arreglarte las tetas, lo único es que me das un poco de dolor de cabeza con tanta actividad social y tanta gente que conocés. Pero todo está perdonado cuando me pegás esas bofetadas y me retorcés los pezones (se llaman pezones lo que tenemos los hombres? Creo que es tetillas, más bien) y me mordés tan fuerte que me saca sangre y después te subís en tu Acura negro y te vas sin saludar, después de tomarme la cerveza y quemarme la cabeza y mostrarme tus destrezas. Te vas hasta la próxima, que pueden ser semanas, meses, no sé, no sé porque recién te conozco y casi tengo miedo de llamarte y quedar como que te necesito, aunque te necesito y necesito tus ojos negros y tu pelo negro y tu locura, que valen lo que cien rubias tetonas, lo que mil, que no tienen precio pero que me cuido mucho de demostrar el menor interés, porque sé que no voy a ser el primero que termina convertido en tocino para tu desayuno; como una Circe uruguaya, convertís a los hombres en chanchitos, y después te los comés, y después te los sudas en el gimnasio, vestida con calzas negras, seguro que mientras mirás otros hombres levantando fierros, y decidís quien sigue en el menú. Por eso yo no te llamo, ni levanto fierros, me alcanza con azotarte el culo cuando estás aburrida y venís, mientras acabo retorciéndome, escuchando tus gemidos y el sonido de tu piel contra mi cinturón: plaf, plaf, plaf.

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