Otro intento fallido de retratar a Chiara

Me escribe Chiara, desde el norte de Italia, donde vive. Las cosas no están bien para ella, se separó de su marido hace un tiempo, el tipo le hace la vida imposible. No hay mucho trabajo, y no puede pensar en irse a ninguna parte, porque tiene un nene chico y no va a abandonarlo. Las relaciones que tuvo desde lo del divorcio no fueron buenas, y parece que el tipo que más le gustó en ese período está casado, y no va a dejar de estarlo.

Todos estos problemas no impiden que se vea guapísima. En mi opinión, mucho más que hace una docena de años, cuando nos conocimos y compartimos algunos meses en Guadalajara. El otro día, hablando por Skype, comenté algo acerca de sus tetas, y sin darle mucha importancia, me las mostró. Y sí, creo que nunca estuvo más bella.

Chiara siempre fue así, generosa con su cuerpo. Y muy desprejuiciada. Algunos podrían decir muy puta. Yo, nunca. Es una de las pocas mujeres que se me parece, genuinamente se me parece en muchas cosas. Por ejemplo, si yo veo una amiga, o una mujer por la que siento afecto o aprecio que está triste por algún motivo, no dudo en ofrecerle chupársela hasta hacerla acabar, o cogerla si prefiere, para que se sienta mejor, sin otras lecturas. Está dentro del rango de cosas que uno puede hacer por ella: cocinarle algo rico y muy poco saludable, llevarla al teatro o a un café para que se distraiga, comprarle dulces, escuchar sus quejas… o chuparle muy despacio los dedos de los pies mientras un par de dedos entran y salen de su entrepierna. Ni para mí, ni para Chiara, hay una delimitación muy marcada entre esos distintos tipos de actividades que conducen a producir una mejoría en el estado de ánimo. Lo único que no pude hacer hasta ahora es sacarme algunas fotos desnudo y mandárselas, como ella me pide. No por objeciones morales, ni siquiera porque me preocupe el destino que puedan tener esos .jpgs. Es porque no puedo bregar con la ridiculez del asunto… ¿qué voy a hacer? ¿Poner la cámara en ‘auto’ y después qué, apoyarme contra un árbol y poner cara de qué? No, imposible. Si ella quiere las fotos, me las va a tener que sacar ella misma, yo solo no puedo. A ella le sale fantástico, lo de las fotos. Tengo una colección de fotos de ella que me fue mandando en distintos años, donde es posible ver su evolución incluso psicológica. Siempre fuí un creyente en que es posible determinar muchas características sobre la personalidad y las circunstancias de una mujer por su cara, la forma de sus pechos, la postura, la mirada. También es posible pajearse con esas imágenes, por supuesto.

Mis experiencias europeas son muy limitadas, estuve un par de veces solamente, nunca por períodos largos. Pero mi visión sobre ese lugar es pesimista. La energía vital desapareció hace mucho tiempo. El arte y la cultura, con pocas excepciones, son repeticiones y reacomodos de fórmulas ya conocidas, con la ironía como única guía. El desempleo es brutal. Hay una cultura abiertamente hostil, la musulmana, instalada en Europa, que se niega a asimilarse y demográficamente cuenta con la carta ganadora. ‘Eurabia’ en pocos años más, o un retorno al fascismo, son posibilidades reales. En América del norte, y del sur, tenemos nuestros serios problemas también, pero creo que los europeos están más jodidos, y van a estar peor en el mediano plazo. Mal lugar eligió Chiara, desde ese punto de vista. Pero todo es relativo, claro. Y tengo que decir que cuando visité a mis amigos en Bologna y Ravenna la pasé genial, y creo que nunca en mi vida comí mejor. En fin, nunca lo hablamos con ella, pero es una chica inteligente, y supongo que tendrá planes B, en caso de ser necesario cambiar de aires.

En realidad, no quería hablar acerca de los problemas europeos, sino recordar algunos buenos, y malos, momentos que viví con Chiara, hace tiempo, en Guadalajara, ciudad mágica. Ya escribí algunas cosas sobre ella, sobre como nos conocimos, aquí mismo, en inglés, pero siempre hay tanto más que decir sobre ella. Como aquella vez que chocó el auto, volviendo de buscar hongos en los Altos de Jalisco, las colinas que rodean a Guadalajara. Alguien había conseguido una finca prestada, y habíamos pasado el día recorriendo los cerros y saltando alambradas, fumando mota y recogiendo psylocibes, muy abundantes en la época de lluvias.

Como siempre para mí, la experiencia de los hongos, los ‘champis’ como les decían mis amigos mexicanos, había sido magnífica – bosques y cerros ardiendo con una luz interior, filamentos de energía atravesándolo todo y atravesándome a mí, bofetadas de realidad destilada y concentrada. Creo que cada uno de los que pasaríamos la noche en la finca en cierto punto orbitó hacia su propio trip, menos Mauricio y Milton, que como siempre permanecieron juntos – difícil encontrar una pareja más en sintonía y más a gusto en compañía del otro. Chiara se encerró a oscuras y se acostó, para vivir quién sabe que visiones. Yo estuve recorriendo esos cerros hasta tarde, enfrascado en mi diálogo con la naturaleza.

Todos fuimos amaneciéndonos, horas después, saliendo mejor o peor parados de las emociones de la noche. Chiara, no muy bien parada. Creo que desayunamos agua y tortillas, y nos montamos en el Buick morado, pasando retenes del ejército y protegidos detrás de gafas bien oscuras. Chiara cometió un pequeño desliz y perdió el control en una curva. Por suerte, sin consecuencias demasiado graves, aunque el Buick tuvo que ser remolcado, o como mínimo reparado, a nuestro regreso a Guadalajara.

Esa noche, con el efecto de los hongos ya disipado, Chiara se dedicó al perico, su verdadera vocación en esa época, mientras yo armaba porros de vez en cuando e iba en busca de cahuamas de Corona a la tiendita de abajo. Con el fuego muy bajo, derretíamos lentamente pedazos de queso oaxaqueño en tortillas de harina, acompañando las quesadillas con los hongos sobrantes de la noche anterior. Comíamos, y nos sentábamos en el balcón a disfrutar el fresco de la noche y fumar, hablando de todo y de nada al mismo tiempo. Ella tenía quizás unos 22 años, yo unos 27 o 28. Había llegado a Guadalajara, a la mansión de Bibiblín, un par de meses antes, en autobús, un Greyhound desde el sur de la Florida hasta la frontera en McAllen, Texas, y desde ahí en una línea mexicana. ‘The bus gives you a hard on, with books on your lap’. 3 días de bus, para ser exactos.

Como de costumbre, no consigo hilvanar una historia medianamente coherente, y solo puedo agregar pantallazos y sensaciones aisladas. Como la tristeza de la noche en que me largué, con unos pesos que me prestó, a tratar de embocar un vuelo de Aerolíneas Argentinas en el DF. Le iba a dar una última oportunidad a Buenos Aires, una última oportunidad para que esa puta ciudad me quisiera como yo la quise, y la quiero, a ella. No me quiso, y unos meses después me subí al carrousel otra vez. Esa parada en Guadalajara fue la última, y no pienso volver. Ya no tengo la energía de entonces, pero además, toda esa familia que me acompañaba entonces, que eran mi pan de cada día – Bibi, Jesús, Rosario, Jamal, el tipo del delivery de la mota, el de las tortas ahogadas, el gallego, Milton y Mauricio, los rockers argentos de La Pituca, la Digital, todas esas chicas locas y lindas que sacaban fotos y soñaban con París, y tantos otros dementes, pero sobre todo Chiara – ya no están, ya fueron revoleados y desperdigados por distintos destinos en distintos continentes. Y no tengo ganas de formar otra familia.

Con Chiara siempre vamos a ser familia, de alguna manera, familia incestuosa y amoral, y no pierdo las esperanzas de verla otra vez, en otra ciudad. Primero voy a tener que intentar escribir mejor sobre ella. La próxima, la próxima es la que me va a salir bien, cuando cuente la historia de las películas que subtitulábamos para ganarnos los varos pa’ la chela y la mota. La próxima es la que va a estar buena. Paciencia…

Advertisements
This entry was posted in Español, Guadalajara. Bookmark the permalink.