Santa Fe y Pueyrredón

Durante el útlimo año en la universidad, conseguí una pasantía en una agencia de recorte de noticias. Esos lugares que buscan referencias a sus clientes en los medios. Entraba en la oficina como a medianoche. Durante las primeras horas había que organizar el material del día anterior. Ver videos de programas de noticias, escuchar grabaciones de radio. Después, a medida que iban llegando los diarios del día, había que leerlos cuidadosamente, tijera en mano. Quizás ahora ese trabajo se hace con computadoras, pero en ese momento todavía había que, literalmente, recortar las referencias, y pegarlas en carpetas.

El kiosko de diarios estaba en la esquina de Santa Fe y Pueyrredón. Una esquina poblada de travestis. Esos pobres diablos vestidos de mujer, que maman vergas por unos pesos. En algunos casos, con misteriosas operaciones, ablaciones, agregados y retoques, operaciones obtenidas en Brasil después de muchos ahorros, privaciones y, seguramente, mamadas.

Todas las madrugadas, yo, el nuevo, tenía que ir varias veces al puesto de diarios, porque La Nación no llega a la misma hora que Clarín, que no llega a la misma hora que Página12, que no llega a la misma hora que Ambito Financiero. Si me demoraba fumando un cigarrillo con el tipo del puesto, o si el diario tardaba en llegar, al volver a la oficina – uno de esos petit hotels sobre la Marcelo T de Alvear, creo, una casona antigua y oscura, con escaleras de mármol y referencias polvorientas a las épocas en que Buenos Aires era ‘la París de Sudamérica’ y todo eso – me esperaban las cargadas, seguro:

– Che, que pasó, no podías acabar? O la Cleopatra te entregó el orto en el zaguán, finalmente? Dale, viejo, que no queremos estar acá hasta las 9 de la mañana…

Yo sonreía, o contestaba algo chistoso, o que se yo. Mis compañeros de trabajo eran mayores que yo, no pasantes, sino empleados. En algunos casos, como el del jefe, empleados de muchos años. Se fumaba compulsivamente, en esa oficina. Y por supuesto, se tomaba café por litros. Estuve ahí algunas veces durante el día, para buscar mi cheque y cosas así, y parecía otro lugar: había gente en todas las oficinas, secretarias bonitas y con buenas piernas y culos redondos, bien vestidas, cadetes entrando y saliendo, teléfonos sonando. Pero a la noche era otro el asunto. El lugar estaba medio a oscuras, deshabitado salvo por la sala de conferencias donde los agregadores (creo que ese era el término usado para los que recortábamos los diarios) tomaban café, escuchaban la radio y destrozaban periódicos, y la contigua sala de fotocopias y pegado.

Es que el staff de la noche estaba dividido en dos castas bien diferenciadas, los ‘profesionales’, que leían y recortaban las noticias, y los ‘pibes’ (que realmente eran pibes de unos 20 años), que pegaban el material recolectado en carpetas, y lo fotocopiaban, preparando los envíos para los cadetes que llegaban a la mañana. Los ‘profesionales’ se tomaban muy, pero muy, en serio. A ellos mismos, a su trabajo. No dejaban pasar oportunidad de señalar que su trabajo era más importante que el de los pibes, mejor remunerado. Existía una hostilidad apenas encubierta entre los dos grupos. Grupos pequeños, ya que los pibes eran dos, y los agregadores no pasaban de cuatro, incluyéndome a mí.

A medida que pasaban las semanas en ese trabajo, me fuí metiendo en problemas con el jefe. No detecté algunas noticias que se suponía que debía recortar. Tal vez le contesté con pocas pulgas una vez o dos. En esa época, vivía en La Boca, en esta gigantesca casona ocupada por personajes de lo más variados – tan variados (‘variopintos’, dirían los diarios que recortaba) que nunca faltaban los conflictos, las botellas voladoras, las drogas adulteradas. Yo trataba de dormir de día, y muchas veces era imposible. Algún energúmeno decidía poner el estéreo a todo volumen, o chocaba un camión sobre el puente Nicolás Avellaneda y había horas de sirenas… algo siempre pasaba. La universidad, para ese momento, era solo un pensamiento secundario. Trataba de asistir el mínimo número de horas para terminar la maldita cosa, pero hacía años que ya no me importaba ni interesaba en lo más mínimo. La terminaba por inercia. La había dejado durante años completos para emprender viajes y aventuras de las que siempre terminaba volviendo, impulsado por la culpa de haberle prometido a mi familia llegar al ansiado título de ‘licenciado’, que a estas alturas, me importaba un reverendo pepino. Sabía que en el instante de obtener el diploma, me iba a largar de Buenos Aires definitivamente. No porque no me gustara. Al contrario, me encantaba, y me encanta, mi ciudad. Pero necesitaba otra cosa. Sabía que Baires no era para mi, que carecía de la maña, los contactos o la suerte para pasar de ser agregador de noticias, conserje de hotel, guía de turismo o cualquiera de los otros misteriosos, improbables – variopintos – oficios que ejercí allí durante mi juventud.

En fin, para volver a la historia. Al cabo de un tiempo, resultó que el jefe no me soportaba. Y a mi me caía antipático, también. Siempre amenazaba conque ‘te vas a quedar sin laburo’, no solo a mí, sino a los otros tipos que recortaban, también. Creo que le encantaba recordarnos que tenía ese poder, ese mínimo poder, pero poder al fin, de hablar con otro jefe, más jefe que él, y dejarnos en la calle, como se dice, si se nos pasaba otra referencia a Techint o Telefé o lo que fuera. A mí me fue asignando porciones más y más irrelevantes de los diarios, esperando que me hartara de leer ‘sociales’ y ‘educación’ y renunciara. Las secciones se asignaban según una escala de valores en la que el jefe y sus favoritos se repartían lo mejor del diario, ‘política’ y ‘deportes’ y así, y los parias se veían condenados a leer `fúnebres’ en detalle, hora tras hora.

Sin embargo, encontré un camino para permanecer en ese lugar hasta el final de mis estudios. Yo había notado que el par de jóvenes – yo también era joven, pero ellos lo eran más que yo – a cargo de las fotocopias y otras tareas ‘irrelevantes’ solían quejarse por estar sobrepasados de trabajo, y nunca terminar las carpetas a tiempo. De hecho, cuando los agregadores terminaban su día, se comían las medialunas que llegaban a las seis, y se iban a casa, los muchachos de las fotocopias, por lo general, sabían que todavía les quedaban varias horas de copiar y pegar. Esto era una buena parte del motivo por el que los dos grupos se miraban de reojo y solían discutir. Una noche, harto de las fúnebres, dejé la gran mesa en la sala de conferencias, y me pasé al cuartito de las fotocopias. Allí, me puse a ayudar con el copiado, sin que nadie me dijera nada. A la noche siguiente, directamente ni intenté leer los diarios, sino que me dirigí a la fotocopiadora – un trabajo ‘menos calificado’, no ‘profesional’, etc – y tampoco hubo comentarios, salvo el agradecimiento de los pibes. El jefe, de hecho, pareció satisfecho de librarse de mí.

Pronto hice buenas migas con los muchachos de las copias, que me recordaban a Pumba y Timón, de la película ‘El Rey León’, que había aparecido en esa época: uno vivaracho y menudo, el otro grandote, buenazo y un poco lento. Descubrimos que los tres éramos bastante aficionados a los porros, así que cada tanto salíamos a dar una vuelta a la manzana, fumando rápido, siempre caminando a contramano para ver llegar a los patrulleros de policía. A veces, medio dados vuelta, conversábamos un rato con algún travesti, antes de subir a seguir copiando noticias. El jefe y los agregadores me miraban con desprecio, pero no creo que eso me haya importado. Durante toda mi vida, me fue más fácil entablar amistades con personajes subordinados y secundarios – porteros, choferes, mucamas – que con peces gordos, o peor aún, que creen que son peces gordos, solo porque hay alguien debajo de ellos.

Así transcurrieron los últimos meses en la universidad y en Buenos Aires. Por suerte, pude cobrar mis cheques hasta el final, y así solventar mis gastos de vivienda, drogas y cerveza, incluso pudiendo ahorrar un poco para la huída, que sabía inevitable cuando pasaran diciembre y los exámenes finales. Era la época de Menem, la pizza con champán y los pesos-dólares. Pesos-dólares que me sirvieron para empezar otra etapa de mi vida, ya lejos de la fotocopiadora, las medialunas de la mañana, el colectivo 152 de vuelta a La Boca,  los travestis de la avenida Pueyrredón al final de la noche, con el rimmel corrido, manchas de semen en el pelo y la ropa, a veces moretones causados por clientes abusivos o policías ansiosos por recibir su coima, y el sol viejo y cruel asomando sobre el Río de la Plata. Pero esa es otra historia.

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